En la loca batalla a lo
largo de los siglos entre los medios de agresión y los de defensa
personal, se han ido sucediendo muy diversas soluciones para proteger
las zonas más complicadas. En tiempos ancestrales las armaduras, ya
fueran de metal o de fibras vegetales o animales, cubrían
básicamente el pecho y/o la cabeza. Las siguientes zonas que
comúnmente se cubrían eran los antebrazos y las piernas.
En estas
zonas la protección tendía a ser una plancha de material, con la
forma ligeramente acomodada y atada al cuerpo por el medio que fuese,
pero entre estas zonas quedaban muchos huecos sin cubrir,
especialmente las articulaciones, que eran muy complejas de proteger
precisamente por su movilidad.
El primer gran avance
para cubrir correctamente estas zonas fue la cota de malla. Un tejido
que se podía deformar, pero que a pesar de ello mantenía sus
características de protección.
El siguiente paso fue
unir pequeñas piezas de metal entre si por cordones formando una
suerte de manta metálica. Esta solución, muy extendida en el este,
ofrecía una protección decente pero era bastante aparatosa y
pesada.
La solución definitiva
llegaría con las articulaciones metálicas. Gracias a un profundo
estudio de la anatomía humana y al avance de las técnicas de
trabajo del metal, se logró unir planchas de metal que quedarían
ceñidas al cuerpo y se amoldarían al movimiento ofreciendo
movilidad y protección.
En este sentido podemos
pensar en las protecciones de las rodillas, o incluso en los
guanteletes armados, especialmente los de estilo gótico, como buenos
ejemplos de protección de acero para zonas complicadas, pero hay otra zona dificil y esa zona es la cadera.
Hasta el siglo XIV la
cadera se había protegido con cota de malla en el mejor de los
casos, pero a finales de este siglo empezó a aparecer en Europa lo
que se conocería como faldón o falda.
Esta protección comenzaría
en la cadera anatómica (el hueco entre las costillas flotantes y las
crestas de la cadera) donde termina la protección de la coraza, y
podría tomar multitud de formas y tamaños desde faldas que se
abrían en cono como si fuese una suerte de andador medieval, hasta
los estilizados faldones de las armaduras de estilo gótico que
cubrían poco más que las crestas ilíacas y el bajo vientre.
Los faldones se componían
de láminas de metal colocadas horizontalmente cubriendo la
mitad del cuerpo y unidas a otra lamina que cubría la otra mitad. Se
sostenían verticalmente por remaches o por correas y una vez
cerradas ofrecían un cono de protección que permitía prácticamente
toda la movilidad. Las más restrictivas eran las que más bajaban
quedando pegadas a las piernas, ya que están no permitían apenas la
apertura de las piernas.
Los faldones de mi coraza
estarían inspirados en la armadura Avant, de la colección de
R.L.Scott, en Glasgow (imagen de portada), y digo inspirados porque como veremos distan
mucho de ser igual. En mi caso, y fruto de la experimentación sobre
la marcha en función de los resultados, la parte delantera y la
trasera tendrían distintos modos de articulación y suspensión y
por ello tampoco se encuentras unidas las placas delanteras a las
traseras.
Veamos el recorrido de la
forja de estos faldones:
Lo primero que habría
que hacer es sacar las plantillas de las láminas. Esto podría
parecer fácil hasta que te pones a pensarlo, ya que no son láminas
apiladas en un eje vertical, sino que la falda en si es una sección
de cono, por lo que la plantilla a sacar no es una línea recta, sino
curva. Cuando más se separe de la línea recta, más pronunciado
será el ángulo del cono. Otra cuestión a este respecto sería que
si partimos de la cintura natural, cada lámina tendrá que tener una
curvatura distinta ya que tendríamos que ir siguiendo el contorno de
la cadera, pero esto a mi no me daría mucha guerra ya que mi coraza
no es histórica y por tanto termina en la cintura moderna, no en la
anatómica, y el faldón tiene un ángulo prácticamente uniforme.
Una vez las plantillas
están hechas, cortamos las láminas del chapón de galvanizado de
1mm con tijeras de chapa. Para quitar las arrugas del corte aplicaría
cariño con el martillo de nylon sobre un tocón de madera.
La primera lámina, la
que conectase el faldón delantero con la coraza, es la más
complicada por el cambio de ángulo que antes comentaba. Venimos de
una coraza que termina vertical y pasamos a una falda que tiene una
cierta inclinación por lo que nos viene una situación complicada
para un wannabe herrero nóvel, hay que formar una “curva dentro de
una curva”. Si la lámina fuese recta, sería un solo eje de
doblado, no habría problema, pero al formar una curva, el perímetro
resultante va a ser mayor en la zona inferior que en la superior, y
por tanto habrá que estirar el material según nos aproximamos al
borde inferior de esta lámina.
En una armadura real esto
habría que tenerlo muy en cuenta ya que el material se vuelve más
delgado y por tanto su capacidad de protección disminuye. En mi caso
eso es despreciable, y me pude centrar en sorprenderme de lo que bien
que estira una lámina de tan solo 1mm.
Las siguientes láminas
son mucho mas sencillas y sólo hay que seguir la linea de la
primera. Las presenté y fui ajustándolas entre si para que no
quedaran huecos y el ajuste fuese lo mejor posible. Esto esta muy
bien, y lo vería más tarde, cuando las unes por remaches, pero en
este caso la unión vertical sería por correas y debido a los
remaches que sujetan las correas, ese ajuste tan bueno caería en
saco roto.

Cuando tenía todo al
gusto, lijé las láminas y volteé el borde de la inferior, coloqué
las correas, y presenté. Resultó que el ángulo era muy pronunciado
y sobresalía mucho hacia delante.



(Como puede apreciarse, en esta primera aproximación la curva sobresalía mucho por delante)

(En esta imagen se puede ver lo bien que se amolda este timpo de sujección vertival a los movimientos de las piernas, al menos en el eje vertical)
Para solventarlo primero hice un
“remetido” de la zona más delantera, lo cual tuvo su aquel para
ir acomodando todas las láminas, ya que cada vez que tocaba algo había que
revisar como interactuaban todas a su vez. Tras esto seguía sin
convencerme el ángulo, así que lo apañé sobre la marcha colocando
el faldón en la posición que me gustaba y marcando la línea
vertical que proyectaba desde la coraza en las láminas. Corté el
sobrante y ajusté de nuevo. Además, para quitarme la sensación de proyectar en la zona más delantera, le hice una forma concava, que aparte de ayudar a este efecto visual le daría mayor rigidez a las laminas, pero claro, a coste de muucho ajustes hasta lograr que todo cuadrase.


Era un poco apaño, y se
nota en que la separación entre las láminas no es homogénea, pero
bueno, el resultado quedaba pintón. Al respecto de la unión por
correas decir que es muy cómoda, las láminas se amoldan muy bien al
movimiento aunque es bastante ruidosa si tienes que correr.
Como primer contacto con
el modelado a martillazos de acero ha estado bien, el resultado es
bastante aceptable y funcional. El resto, os lo contaré otro día.